Cuando teníamos la suerte de disfrutar de campamentos de más de 15 días en las playas de Cañete, los segundos domingo eran uno de los más esperados en la tropa scout Rimac 75 pues venían los familiares de visita.

Para los scouts mayores este día era especial porque, para los que estaban sin enamorada, podían buscar prospecto entre la hermanas, primas, tias que llegaban a visitar a los pequeños scout. Para los que estaban con enamorada, era especial, porque llegada la media naranja podían llevarla a conocer la playa de los lobos, las peñas o cualquier otro lugar alejado de la muchedumbre.

Para los scouts menores era especial porque ese día recibían la visita de sus familias quienes les dejaban viveres como por ejemplo fruta, galletes, etc.

En mi primer campamento, el día de visita cayó dos días antes de mi cumpleaños. Ese día me llevaron una sandía que había solicitado de regalo la cual no duro mucho porque le hinqué el diente esa misma tarde.

Recuerdo en una ocasión que a los hermanos Toribio, de la patrulla Aguilas, les llevaron manzanas y para que no se les pierda les pusieron número a cada una de ellas. A los dos días era voz popular en campamento el siguiente diálogo: Lucho, lucho (el guía de patrulla) se me ha perdido la manzana número 14…”

La parte nostálgica de ese día ocurría cuando la visita partía hacia Lima. Algunos por sus propios medios, la mayoría en uno (o dos) omnibus alquilados para tal fin.

En una ocasión el ómnibus se malogró y la visita quedó varada hasta el anochecer. En esa época me había ido a visitar mi enamorada por lo que pase ese tiempo en su compañía con el resto del grupo. Mientras esperábamos que venga la ayuda la pasamos cantando canciones de José José. Ha quedado en mi mente el tema “almohada” que cantamos a duo Elvis “Ladrón” Anampa y yo. Finalmente el ómnibus de apoyo llegó y se llevó a la visita.

Siempre quedaba un vacío de nostalgia en cada scout cuando veíamos a nuestros seres queridos partir a final del día. Recuerdos gratos escritos en la historia de la tropa scout y en nuestros corazones.

Una vez al año, toda una mañana en campamento, los scouts concentraban sus esfuerzos y creatividad en una actividad recreativa denominada la búsqueda del tesoro.

Esta consistía en una serie de pruebas que una vez cumplidas llegaba otorgar como premio un cuchillo scout el cual se rifaba entre los integrantes de la patrulla ganadora.

Los jefes tenían las pruebas inscritas en papel. Cada vez que una patrulla cumplía una le entregaban la siguiente y asi sucesivamente. Las pruebas en total no llegaban a la decena.

Recuerdo por ejemplo una de ellas que indicaba que los piratas habían llegado a la playa y necesitaban un barco. Los integrantes de la patrulla debían hacer uno en arena improvisando mastil y otros elementos que le den la apariencia.

Los jefes, tal cual jurado de American Idol, pasaban viendo los trabajos y otorgando la siguiente prueba a quién haya culminado.

Otra prueba que recuerdo era un acertijo que decía: ¿Qué es lo que no le gusta a un scout en campamento?. Las patrullas que respondían pasaban a la siguiente prueba. (Para que no queden con la duda la respuesta es lavar ollas)

La prueba final contenía una coordenada o clave o referencia que indicaba un lugar (que podía estar entre la playa de los reyes y la playa de los lobos) y una ubicación específica donde estaba enterrado (u oculto) el tesoro.

Edwin Flores era un muchacho palomilla, de carácter inquieto y algo travieso siempre estaba buscando a quién agarrar de punto.

En una ocasión saliendo del colegio, coincidí en caminar con Edwin, nos encontrábamos en Jr. Ayacucho en dirección a la Av. Abancay cuando en el camino me propuso un reto: romper un palito de fósforos con un golpe de karate.

Para un niño de 10 años, un reto es casi una obligación, dejarlo pasar es casi un pecado por lo que accedí.

Edwin sacó una caja de fósforos del bolsillo y abriéndola sacó un palito. Tomandose su tiempo lo cogió entre sus dedos índice y pulgar y levantando la mirada, me invitó a cumplir el reto.

En menos de un segundo, mi mano derecha, con los dedos juntos y extendidos, rompió el aire e impactó en la minúscula pieza de madera que cayo, cual animal herido, a un lado de la vereda partido por la mitad.

Satisfecho de haber cumplido el reto sonríe. Edwin, sin cambiar de expresión, me invitó a repetir la operación con una ligera variante: debía sostener un palito de fósforos en la intersección de mis dedos índice y pulgar de la mano derecha.

Mientras acomodaba el palito entre mis dedos podía verse asomar la roja cabeza del fósforo, situación que aprovechó Edwin, para, en menos de un segundo, pasar la caja por el fósforo encendienlo. No tuve tiempo de reaccionar, sólo sentí el agudo dolor y sacudí mi mano tratando de liberarla del objeto incandescente el cual luego de unos instantes cedió finalmente.

Recobrado de la primera impresión me percaté que Edwin reía celebrando su broma. No recuerdo que le dije ni como reaccioné solo recuerdo que me ardía la herida.

Muchos años han pasado. Me quedó una pequeña cicatriz circular en la mano derecha producto este episodio. Le he dado mil vueltas al asunto y aun no entiendo que pensaba este desubicado muchacho que un día confundió broma con agresión…

Uno de los eventos más esperados por los alumnos del colegio San José de Artesanos, de Barrios Altos, era la colecta del Domum. Cursábamos quinto de primaria en el año de 1975 y esta usualmente se realizaba en el segundo semestre del año.

El día llegó y ansiosos nos pusimos a esperar la repartición de las latas donde la gente iba a depositar las monedas.

Salíamos por parejas y por lo general el radio de acción de los alumnos del colegio comprendía los alrededores de la avenida Abancay.

En esa ocasión salimos Igor Flores y yo, caminamos mucho para conseguir buenos samaritanos. Ya teniamos la lata casi llena cuando estando por Jr Ayacucho, Igor divisó a un lado de la vereda un billete de 10 soles, ni corto ni perezoso, lo recogió pero como no decidía que hacer con él, optó por donarlo por lo que lo enrolló e hizo pasar por el agujerito para billetes hacia el interior de la lata.

Una hora más tarde, con el Sol de mediodía cayendo sobre nuestras cabezas, teníamos tal sed que queríamos comprar un helado, sin embargo, solo teníamos el dinero de nuestros pasajes y la sed nos abrazaba. De pronto Igor en una clara muestra de arrepentimiento quiso recuperar su billete. Sentandose en la vereda, cogió un palito del piso e ingresándolo por la ranura de la lata procedió a tratar de enganchar los 10 soles para sacarlo.

Un caballero que pasaba por ahí viendolo hacer eso, se detuvo y con voz enérgica comenzó a llamar la atención de mi amigo quien con cara entre sorprendido y avergonzado, solo atinó a escucharlo sin refutar. Cuando este se fue, luego de murmurar algo entre dientes, continuó con su labor la cual se vio recompensada con la recuperación del dinero. Cinco minutos más tarde nos encontrábamos disfrutando, cada uno, de una caja de bombones Donofrio, en dirección de regreso hacia el colegio.

Cuenta mama que cuando me dio a luz en el hospital del empleado le gritabas desde el exterior para que me mostraras a través del vidrio y cuando lo hizo te pusiste a llorar de alegría.  De carácter jovial pero sin expresar mucho tus emociones nos diste el cariño a través de tu trabajo y velar que no nos falte nada a tal punto que me comprabas las colecciones de revistas aun cuando no las leía o bastaba que dijera que quería algo para que hagas lo imposible por dármelo.

Es muy grato para mi recordar los días en que salíamos y en alguna bodega me invitabas una empanada de carne e Inca kola luego de llevarme al cine o aquellas ocasiones en las que recibías la gratificación y nos llevabas en almuerzo familiar a disfrutar del chifa aquel que quedaba en Alfonso Ugarte y del que salíamos contentos con la barriga llena luego de la sopa wantan y el arroz chaufa.

Recuerdo cuando niño me llevabas a los campeonatos del Banco Wiese en los que tu eras delegado de un equipo o aquellas navidades en que me llevabas a ver juguetes y observabas lo que me gustaba.

Tengo en mi mente cuando te veía venir a lo lejos por el pasaje que daba a la casa y pepo y billy, la pareja de perros callejeros, iba a tu encuentro conjuntamente con nosotros y que a raíz de eso en lugar de decirte papá te decíamos Pepo mientras tu reías de nuestra ocurrencia.

Tengo presente aquellas veces en que me llevabas en el auto cuando iniciaba tercero de media en el nuevo colegio a esperar la movidad escolar por la plaza dos de mayo mientras escuchábamos radio reloj o aquellas veces en que salia franco de la escuela de oficiales y te veía esperándome con una sonrisa a pesar de que estabas allí  desde hace buen rato cuando me traías de regreso todos los domingos por la noche.

Ahora tantos años han pasado y tus facultades no son las mismas por la edad sin embargo tengo presente todo aquello que hiciste por mi.

Me apena que eches mucho de , menos a tu hermano, Antonio, quien se fue temprano en la vida y de quien llevo su nombre y a tu mamá, la muñequita linda, quien los crió a ustedes sola desde pequeños y a quién también extraño.

Son recuerdos de niñez y juventud en los que más te necesite y siempre estuviste allí para apoyarme.

Por eso y muchas cosas más, papá, te deseo un feliz cumpleaños el día de hoy.

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Como parte de las actividades de la tropa scout Rimac 75, los sábados desde las 9:00 de la mañana sus integrantes podiamos disponer de la cancha del San Columbano para jugar nuestra pichanguita. Esta estaba ubicada al lado norte de la parroquia de San Martín de Porres,

Por acuerdo no escrito los más pequeños jugaban hasta el mediodía mientras que los más grandes empalmaban hasta cerca de las tres de la tarde.

La cancha era relativamente pequeña, encerrada entre paredes, tenía el tamaño justo para albergar dos equipos de seis jugadores. Los arcos estaban dispuestos en dirección este-oeste. Del centro si mirábamos al este, a la izquierda, había una puerta que accesaba a un pasadizo que cruzaba el local de la cofradía hacia la calle. Si por el contrario mirábamos hacia el oeste, a espaldas arco, teniamos una tribuna de seis grandes gradas para sentarse que en su parte superior accesaba a un cuarto que asumo usaban de depósito.

Adelante de las gradas había una estructura de tubos de metal como marco de una malla (que nunca llegaron a colocar) para supuestamente proteger a la hinchada y cuyo parante superior horizontal nosotros usabamos para balancearnos como monos luego de lanzarnos desde la segunda o y tercera grada de la tribuna. En una ocasion por hacer esa gracia se me resbalaron las manos y por la fuerza del impulso fui con toda mi humanidad de espaldas al piso, por suerte sin consecuencias graves.

A la izquierda teniamos un pasaje que daba acceso al local scout y a los baños (que literalmente se encontraban debajo de las tribunas) que algunos de nosotros. terminados los partidos, usabamos para bañarnos pese al fuerte olor a amoniaco producto de la orina almacenada en los urinarios.

Para elegir los equipos dos jugadores echaban suerte y por turno elegian entre los asistentes. Siempre primero salia la “carnecita” quedando los huesos para el final. Por suerte para mi, que tapaba más o menos, siempre me elegían para el arco entre los primeros.

Los hermanos Guzmán estaban entre los más pedidos, también los Zorrilla y los Diez entre otros.

Entre los asistentes regulares estaban Washington Rodriguez, Edilberto Palacios, Kike “Cabubi” Briceño, “Chicho” Salcedo, Carlos Sánchez (hermano de robotito), José “Cabezón” López y su papá Alejandro “El hombre lobo”, “piquepancho” Quineche y “el curro” Rodriguez además de los ya mencionados.

Los partidos eran muy dinámicos en los que la pared era el séptimo jugador. Cuando había mucha concurrencia se armaban varios equipos. Se jugaba al gol y quién perdía rotaba.

Por el contrario cuando no había gente se jugaba el arco arco en el que los jugadores no podían pasar de la media cancha para patear.

Recuerdo mucho un partido en que ya me habían hecho un sombrero, la pelota bajaba en dirección al arco y no se como lanzándome de espaldas la toque con la punta de mis dedos haciendo que desvie su trayectoria sobre el parante. Los aplausos de los asistentes me hicieron reaccionar y disfrutar mis diez segundos de gloria.

En ocasiones especiales la cancha se alquilaba para eventos deportivos. Era impresionante ver a la gente alentando al equipo de su barrio o cuando saltaban a la cancha por algún conato de bronca. No recuerdo el motivo pero tengo la imagen de chicho Salcedo y cabubi Briceño rodeados de un grupo intentando defenderse mientras entrábamos al rescate.

Los días particulares, por las noches, la canchita se alquilaba. En varias ocasiones jugando para el vencedor (equipo formado en su mayoría, de la buena gente del barrio frente al parque del trabajo), nos enfrentamos con apuesta al barrio de la cuadra siguiente de Justo Pastor Bravo. Esos partidos eran encarnizados donde tenías que cuidarte de codazos y patadas producto de la vehemencia de ganar el pozo acumulado que muchas veces alcanzaba con las justas para comprar una gaseosa.

Para los scouts la cancha servia también para extender y sacudir las carpas con arena luego de un campamento (por supuesto que luego la barriamos) o como espacio para recaudar fondos por la venta de viandas, gaseosas y cerveza durante el bingo scout con lo que colectábamos dinero para ir de campamento sin tener que dar un centavo para pasar dos semana aventura en la playa de Cerro Colorado.

Muchos años han pasado, por comentarios que me han llegado el local scout fue demolido hace años por el párroco de turno, quien por quizás desconocimiento no tomó en cuenta la historia y vivencias que tuvieron lugar allí, pero también sé que hace poco remodelaron la cancha del San Columbano e incluso hubo un partido de reencuentro donde estuvo el curro y piquepancho.

Para terminar con la historia solo me queda decir que la canchita del San Columbano forma parte importante de nuestros recuerdos y buenos momentos vividos como scouts en la tropa rimac 75.

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Billy era una perrita chusca y callejera que dormía en el jardín exterior de la casa. Un día apareció en la puerta de nuestro hogar, nos dio pena, le dimos comida y nunca más se volvió a ir. Tenía pelo corto de color bayo, tamaño mediano, de hocico y orejas caídas  más o menos largas. Mi papá le puso una casita de madera en el jardín para que ahí viva cómodamente.

Pepo era un perro chusco y callejero de tamaño y contextura de un labrador grueso. Tenía color plomo oscuro medio atigrado con negro. Lo veíamos deambular por las calles de enfrente hasta que un día vino a cenar con Billy y se quedó en la puerta de la casa. En las mañanas usualmente amanecía durmiendo en el umbral.

Eran de respeto para los desconocidos pero cariñosos con nosotros, solían tirarse patas arriba para que los acariciemos y cuando eso sucedía era impresionante ver la cantidad de pulgas que habitaban entre su pecho y abdomen. Como niños, a mi hermana y a mí, no nos importaba porque de alguna forma eran nuestras mascotas no oficiales.

Siempre que mamá y papá estaban trabajando aprovechábamos la ocasión para ingresarlos a la casa y en algunos casos subirlos hasta los dormitorios de la segunda planta.

Un día en el cuarto de mis padres nos pusimos a jugar con los perros e incluso en medio del correteo ellos se subieron a la cama mientras nosotros reíamos y los tapábamos con la frazada y el cubrecamas, terminado el juego bajábamos a la primera planta a jugar otra cosa e invitar a los animalitos a salir. Por la noche llegaron mis padres y luego de la cena, todos, procedimos a acostarnos…

Pasaron los años y ya mayores comentando la anécdota con mamá, vimos que se dibujaba una sonrisa en su rostro. ¿El motivo? Finalmente se enteró por qué pasaba algunas noches en vela preguntándose ¿qué me pica?

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Pupi es un scottish terrier de año y medio de edad. Travieso y jugueton cuando quiere, es la alegria de mis hijos en casa. De color negro, patas cortas y una cabeza algo grande en proporción a su cuerpo pasa la mayor parte del día en la sala de la casa donde comparte con la familia. Sólo hay un detallito que a veces llega a desesperar: Durante el almuerzo o cena se coloca debajo de la mesa y con la cabeza entre las patas se lame los genitales.

Un día nos invitaron a una reunión en casa de una pareja que no conociamos. Dejamos encerrado a Pupi y procedimos a salir. Al llegar a la reunión pudimos observar que nuestros anfitriones eran una pareja sin hijos que, a falta de niños, criaba a un perrito shitsu.

Como no había con quién jugar nuestros hijos se entretuvieron con la mascota durante la velada.

En un momento de silencio, en medio de la conversación, nuestra hija, de 7 años, se acerco a nuestros anfitriones y con aire inocente dijo: “el perrito está chupándose las bolas….” PLOP!

Nuestro hijo, de 9 años, que estaba cerca le dijo: “no hermanita, no se dice el perrito se está chupando las bolas…” Se dice: “el perrito está chupándose los huevos…” REPLOP!

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Parte de la rutina de nuestro campamento scout incluía salir a realizar múltiples actividades en patrulla; estas eran muy variadas y podian abarcar desde cazar lagartijas en el cerro hasta ir a visitar el pueblo de cerro azul correctamente uniformados.

Y es que basados en esta rutina un día a fines de los 70, la patrulla ardillas con Javier “Chono” Gonzales, al mando, salió a dar un paseo por los alrededores de Cerro Colorado.

Mientras nos encontrábamos en caminata de exploración, a la vuelta del cerro donde acampábamos, algunos miembros de la patrulla aprovechaban el momento para perseguir lagartijas que entre curiosas y asustadas nos observaban desde las rocas calentadas por el Sol, pues era cerca del mediodía y este se encontraba en toda su plenitud.

Absortos en nuestro juego no nos percatamos que una patrulla (no recuerdo cual era, pero si usted estimado lector formó parte de la historia, agradeceré que me lo indique) viniendo en dirección opuesta a nuestra ruta se acercaba rápidamente hacia nosotros.

De pronto y no recuerdo el motivo, quizás por palomillada de muchacho, tanto ellos como nosotros cogiendo una piedra, cada uno, corrimos a atrincherarnos para acto seguido iniciar una batalla entre ambas patrullas.

Las piedras volaban sobre nuestras cabezas mientras intentabamos cubrirnos, ya sea detrás de una roca, un montículo de arena, o simplemente alguna irregularidad del terreno.

Junto a nuestros compañeros nos divertíamos despreocupadamente sintiendonos los heroes de aquellas series de guerra que solían pasar en televisión, sin tomar conciencia que nuestro inocente juego podria culminar en una cabeza rota u otra lesión mayor.

Las piedras iban y venían y nuestra única preocupación era poder darle al enemigo sin ser alcanzado. Luego de algunas bajas, con heridas sin importancia, felizmente la sangre no llegó al rio.

Treinta minutos despues cansados de nuestro juego las patrullas se reagruparon y siguieron su camino para posteriormente encontrarnos otra vez en campamento, darnos la mano y gozar de un refrescante baño en el mar hasta la puesta del Sol…

Algo que llenaba de satisfacción a los miembros de la “Rimac 75″ era usar el uniforme de nuestra querida tropa scout.

Este estaba compuesto por un pantalon corto hasta la rodilla y camisa manga corta color caqui (color parecido al cafe con leche).

La pañoleta era un triangulo verde de filete naranja que al enrollarla y colocarla sobre nuestro cuello alternaba estos colores. Se sujetaba con un anillo de cuero o uno trenzado con cordón plástico blanco.

Un cordon blanco con un nudo parecido al de la horca colgaba del cuello y teminaba en el bolsillo izquierdo de la camisa.

Las medias eran plomas hasta debajo de las rodillas con un borla de lana verde a los lados y para terminar zapatos negros.

El uniforme se usaba todos los lunes en reunión general. Cuando estabamos de campamento durante la inspección, en en las misas dominicales, en la promesa y la fogata de la última noche.

También en paseos de toda la tropa o en algunas actividades de patrulla o en pruebas específicas, por ejemplo, la última prueba de primera clase incluía, salir a acampar llevando el uniforme.

En la época de mi ingreso a la tropa, el uniforme, era confeccionado por el Sr. César Rodriguez, padre de Washi y Galo, scouts de la tropa. Su hijo mayor, Isaac también había sido de la tropa pero en una época anterior a la mía.

El día que conocí a Don César fui con papá y mamá a su casa frente al parque de trabajo.

Luego de tomarme las medidas mi papá pregunto: “Cuanto es la cuestión?” A lo que el Sr. Rodriguez mirandolo con el ceño fruncido contestó; “La cuestión es … soles”.

Esta respuesta, siempre que converso con mi madre, es recorda con mucha simpatía. Don César por ser bajito, cuando joven, había sido jockey, posteriormente conoció a Doña Georgina, más alta que él, con quién estableció un sólido hogar.

Y es que cuando uno recién conocia a Don César podía llevarse la impresión que era algo gruñon, sin embargo a medida que la amistad se hacía más sólida nos podíamos dar cuenta de la gran persona que es.

Bueno, volviendo al tema, don César, bastante previsor me hizo un uniforme que me quedó hasta los 18 años. Claro que cuando me lo puse a los 13 me algo suelto.

Un uniforme más informal era el de “faena” en campamento. Consistia en un short de cualquier color y el polo de la tropa, blanco con una flor de lis verde en el centro con un texto, del mismo color, alrededor se podía leer: “Scouts Peruanos – Rimac 75″. Aunque también había una variante con letras amarillas…

49 años han pasado de la fundación de la tropa y con ellos varias generaciones de scouts. Cada uno con sus propias vivencias, ha seguido caminos distintos. Sin embargo, todos ellos, tenemos algo en común y es el haber llevado con orgullo el uniforme de nuestra querida tropa Scout “Rimac 75″…

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La conocí el primer día de clases, era 1976 e iniciaba mi año escolar en el San Andrés, anexo del Mercedes Cabello.

- Soy Ana Violeta Gonzales de Oré – dijo. Y añadió – soy su tutora y profesora de castellano.

En silencio escuchabamos a aquella nueva maestra de voz algo chillona mientras se dirigía a nosotros.

Bordeaba los 30 años, de tez trigueña, pelo negro ondulado, que caía hasta los hombros, vestia pantalón de tela y chompa de lana, usaba lentes, pero lo que más destacaba era una mancha marrón en la parte blanca de uno de sus ojos, quizás un lunar, quizás no.

Cursábamos el primero “J” en el antiguo local en barrios altos, era el primer año de un piloto en que el colegio aceptaba por primera vez población masculina en un colegio netamente de mujeres.

9 hombres en un salón con 40 mujeres podiamos considerarnos afortunados pero por lo zanahoria que era no tenía grandes aspiraciones…

A lo largo del año Ana Violeta demostró ser una excelente maestra, se hizo querer por todo el salón sin embargo, era severa cuando tenia que serlo, en varias ocasiones nos dejo castigados en el aula e incluso desaprobó en conducta a la sección completa un trimestre cuando dos angelitos, en una pelea, tumbaron la puerta del salón.

Recuerdo un día, en la plaza Italía, a la salida del colegio, mis compañeros, me quisieron obligar a pelear con un alumno de otro salón con quien había tenido un altercado. Yo estaba cargando varias cosas y no acepté a pesar de las provocaciones. Finalmente me fui y al llegar a casa lo comenté olvidándome rápidamente del tema.

A la semana, Ana Violeta, nos llamó al alumno y a mi diciendo que de la comisaría de San Andres se habían acercado al colegio para avisar que habian recibido quejas de los vecinos acerca de una pelea de dos alumnos la semana pasada. No tuve más remedio que contar todo lo que había pasado tirando dedo a los provocadores.

Mucho años después me enteré que todo había sido una coordinación entre mi mamá y Ana Violeta para que me dejen de molestar y no quedar como un chismoso.

Dos buenos años estuve en el San Andrés y dos años fue Anita (conocida así por sus colegas) mi tutora, luego pasé a la inmaculada pero eso es otra historia.

Años después, ya joven, me acerqué al colegio a visitar a mi profesora. Me recibió otra maestra, amiga suya, y me contó que poco tiempo atrás luego de haber sufrido un robo, al llegar a su casa, bastante nerviosa, Anita, tuvo un paro cardiaco que la llevó a la eternidad…

Han pasado más de 35 años y aún recuerdo lo que me enseñó acerca de las palabras agudas, graves o llanas, esdrújulas y sobreesdrújulas, pero sobretodo, lo que más recuerdo son los principios y valores que nos inculcó como sus alumnos.

Donde estés, Ana Violeta, muchísimas gracias!

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Cuando niño comence a salir a la calle luego de ingresar a los boy scouts. Como quería estar en todas las actividades posibles, en aquella época, me inscribí en el coro de la tropa. El “coro scout”, como así lo llamábamos, en sus inicios, estuvo compuesto por scouts y hermanas de scouts. Posteriormente, incorporó amigos del barrio deseosos de colaborar en la misa de la iglesia.

Con José, el pollo y Edi en la guitarra; Pepe en la quena y tortuga en la pandereta o el tambor; domingo a domingo soliamos alegrar la misa de 8 de la noche en la iglesia de San Martín de Porres.

Todos los sábados, salvo en época de campamento, ensayabamos en el local de la tropa.

Entre los asistentes iban dos hermanas, la menor, algo mayor que yo, bordeaba los 15 años y era enamorada de tortuga pero yo no lo sabía.

Por mi parte a pesar de tener un par de años en los scout y haber adquirido cierta palomillada. En los asuntos del corazón era totalmente neófito. Nunca había tenido enamorada y por ende nunca había besado a una chica.

El hecho es que sin darme cuenta me ilusioné de “M”. Me percaté de este hecho cuando en los ensayos estaba pendiente de su asistencia o en la iglesia cuando la veia llegar sentía latir mi corazon con más fuerza.

Todo esto era totalmente nuevo para mi y lo mantuve en silencio hasta que un día me enteré que “M” y tortuga habían terminado.

Aprovechando la ocasión esperé un fin de semana y a la salida del coro, completamente nervioso, la llamé a un lado y le dije por la inexperiencia “Quieres estar conmigo”. Me miró fijamente y luego de un instante que me pareció horas me dijo “Voy a pensarlo”.

Tres angustiosos días después fui a su casa y finalmente me dió el esperado “sí”.

A partir de allí, si más no recuerdo, iba a su casa un día si y un día no. Nos sentabamos en su puerta al filo de la entrada y alli me dedicaba a conversar y conversar y conversar porque no tenía idea de qué más hacer.

Sólo en una oportunidad salimos a pasear por el pasaje colindante a su casa y alli le di un rápido abrazo y un pico para luego huir como si hubiera cometido un delito. No se si esto fue lo que derramó el vaso pero el hecho es que la próxima vez que vi a “M” fue para que me dijera que quería terminar la relación y que podía seguir visitándola como amigo.

Esto me golpeó, pase varios días deprimido escuchando lentos por la radio. Pasaron varias semanas y el tiempo curó la herida.

Y se mantuvo la amistad? Lamentablemente no, por mi caracter poco amiguero, luego de aquel mes de muchacho enamorado si posteriormente nos cruzamos, en un par de oportunidades, fue para darnos un frio “hola” como dos personas que se conocen de vista.

Han pasado más de treinta años, el recuerdo lo guardo con agrado como una vivencia porque finalmente encontré al amor de mi vida con quien tengos dos hermosos hijos.

En cuanto a “M” supe que felizmente casada con una hija mayor de edad luego de una larga enfermedad rodeada de los suyos descanso en brazos del Señor hace poco tiempo…

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Luego de terminada la película en el cine de nuestra elección durante nuestro paseo familiar de domingo, mi esposa y yo, decidimos llevar a los chicos a cenar a algún lugar de comida rápida.

Luego de un breve intercambio de ideas nos decidimos por la Carcochita.

En ella ofrecen sánguches, tacos, salchipapas y otros tipos de comidas ligeras.

Al llegar al local, la familia, se sentó en una esquina quedando mi lugar y el de mi hijo de espaldas a uno de los tres televisores existentes.

Si queríamos ver la TV teniamos que girar la cabeza sobre nuestro hombro derecho.

Para los chicos pedimos salchipapas y para nosotros taco mixto, siendo atendidos rápidamente.

Mi hija de 7 años por ubicación tenía más oportunidad de ver TV que mi hijo.

Mientras comíamos me encontraba conversando con mi esposa cuando de pronto mi hija me pregunta: – ¿papá que edad tienes? – a modo de broma le digo: “39″.

Mi hijo ni corto ni perezoso le dice: No, mentira y preguntándole la edad a mi esposa deduce rápidamente y suelta: – “tu tienes 48″ – con una sonrisa miré a mi hija y le dije: – “Si, tengo 48 ¿porqué preguntas?” a lo que me contesta: – “Significa que exactamente dentro de dos años tiene 10 por ciento de descuento en mifarma*…”

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* Mifarma: Cadena de farmacias que ofrece descuento a personas que han pasado el medio siglo de vida. Su spot publicitario es muy difundido en radio y TV en Lima -Perú.

Cuando Cerro Colorado aun no era una playa muy conocida, los scouts en campamento, soliamos entrar al mar como Dios nos trajo al mundo. Desde el más grande al más pequeño los muchachos nos divertiamos en la playa sin perjuicios y de forma natural mientras adquiriamos un bronceado parejo.

Un día mientras nos encontrabamos en el mar, a lo lejos por la orilla, vimos dos figuras femeninas caminando hacia nuestra ubicación. En una muestra de pudor colectivo, luego de la sorpresa inicial, salimos del mar para enterrar nuestra humanidad en la caliente arena de mediodía poco antes que dos señoritas pasen entre nosotros en dirección norte hacia las peñas que quedaban 500 metros hacia nuestra derecha.

Ligeramente humillados a lo que sentimos una invasión a nuestra privacidad privación y liderados por Lucho Guzmán, guía de los aguilas y uno de los más palomillas del grupo, planeamos lo que de ahora en adelante conoceremos como “La revancha de los calatos”.

Todos sabiamos que en las peñas se acababa el camino por lo que las féminas tenian que regresar en algún momento por lo que solo nos quedó esperar…

No pasó mucho tiempo para que nuestra paciencia se vea recompensada, a lo lejos vimos las dos figuras regresar lentamente sobre sus pasos.

En silencio esperamos hasta que las jóvenes se encontraron cruzando entre nosotros. A una señal de Lucho todos nos pusimos de pie y empezamos a caminar hacia el mar mientras las chicas ruborizadas, sin saber a donde mirar, entre avergonzadas y nerviosas solo atinaron a sonreir y a apurar el paso entre dos docenas de calatos.

Celebrando nuestro triunfo todos sonreimos en la orilla mientras veiamos a las damas alejarse para finalmente perderse en la lejanía con dirección a cerro azul…

José Du Mundo era un chiquillo precoz para su edad, tenía 11 años pero aparentaba por lo menos un par más. Hacía 2 años había llegado de su natal Sao Paulo al barrio donde vivíamos traído por su padre, gerente de una empresa de energía, el cual había sido destacado a Lima en forma indefinida.

Palomilla y de caracter jovial no había quien le gane en la cancha de fútbol por lo que José se había ganado el respeto de todos los muchachos del grupo. En cada partido los equipos se peleaban para tenerlo dentro de sus líneas con lo cual aseguraban en parte el triunfo.

Siempre que podía, Du Mundo, nos contaba su deseo de ahorrar para comprarse la bicicleta de sus sueños. Aquella de mil cambios con la que pudiera pasear por las calles de Lima. Su padre tenia la política que para lograr tus metas debías esforzarte por lo que había dicho a José que no iba a dar un solo centavo para lograr aquella empresa, la realidad es que era medio tacaño pero esa es otra historia.

Tanto nos hablaba José de su deseo de adquirir tan preciado objeto que cada vez que lo veíamos le preguntábamos: ¿Ya te compraste tu bicicletiña? y él respondía: “pronto, pronto”.

Un año estuvo, el grupo, atento a la bicicletiña, veíamos que moneda a moneda, José, incrementaba su capital hasta que finalmente con la ayuda de la oferta de infarto de un supermercado local Du Mundo pudo lograr su objetivo.

Aquella imponente bicicleta de carrera pintada en rojo y negro se alzaba majestuosa, junto a José, quien orgulloso en medio de nosotros la mostraba pues representaba todo un año de esfuerzo y sacrificio.

Durante aquella semana durante horas veíamos a José manejar su “bicicletiña” por el barrio hasta que un día no lo vimos más. Cuando íbamos en grupo a buscarlo se negaba a salir o por medio de su hermana nos mandaba decir que estaba enfermo.

Los muchachos del barrio extrañados por tan rara conducta enviamos a la casa de Du Mundo a un emisario para averiguar que es lo que pasaba. Harry, el más pequeño del grupo, fue el elegido, con la consigna de no regresar sin noticias.

Luego de esperar más de una hora, Harry, volvió y nos contó que en un inicio José no quería hablar con él y se negó, pero que a insistencia ante la hermana finalmente José lo recibió con los ojos llorosos. Conversaron largamente y allí le contó que le daba mucha vergüenza salir de casa por temor a las burlas por parte del grupo.

Resulta que un día José se encontraba paseando por el barrio cuando en la esquina vio a un señor bien vestido con una niña en brazos, está aparentaba tener unos tres años. Al pasar a su lado, el señor dirigiéndose a él, le dijo: “Hola muchacho que linda tu bicicleta, mi hija quiere dar un paseo en ella, te la alquilo por 5 soles para dar una vuelta”. José, creyéndose más vivo respondió: “Se la alquilo por 10″. El señor le respondió: “sólo tengo 7″ a lo que José respondió: “Hecho”.

Con gesto de triunfo José se bajó, entregando su preciado tesoro al desconocido, quien con la niña subió y pedaleo lentamente hasta perderse en la esquina de la cuadra. Pasaron los minutos y José parado en una esquina esperó y esperó…

20 años han pasado, José regresó a Brasil con su padre hace 19, nos contactamos con él de vez en cuando por correo electrónico pero nunca volvió. Sin embargo cada vez que tenemos reunión en el barrio recordamos con gracias y algo de burla aquella inocente decisión que finalmente llevó a José a perder su “bicicletiña”.

Cuenta la historia que a su llegada a la parroquia de San Martín de Porres, Malachy Lynam, sacerdote irlandés de la orden de San Columbano, solía arrancar suspiros a las guapas chicas solteras del barrio mientras impartía el sacramento.
Alto, atlético de buen porte, aquel extranjero, recién llegado despertaba la admiración de las jóvenes féminas que asistían a misa todos los domingos.

Años después, cuando lo conocí en el 76, ya pintaba canas y algo subido de peso, había cumplido muchos años en la parroquia. Trece años antes pensando en dar una buena formación de los jóvenes, en 1963, había fundado la tropa Scout Rimac 75 en un local en el interior de la iglesia.

El era el jefe de tropa y aquel lunes 13 de diciembre animado por mis padres me acerqué con ellos para inscribirme en la gloriosa Rimac 75.

Recuerdo aquella primera vez cuando llegue al local y pasé por aquella puerta verde de dos hojas. En ese instante se abrió un mundo nuevo que forjó mi carácter y me dejó muchas enseñanzas. En primera instancia pude observar que en un área de aproximadamente 15 x 15 metros un grupo de aproximadamente 60 muchachos se encontraban divididos en cinco grupos. Cada grupo estaba ubicado en una esquina salvo el que se encontraba en la parte central opuesta a la puerta. Águilas, Ardillas, Cóndores, Cuervos y Lobos, compartían aquel espacio de amor y compañerismo que siempre guardaré en mi corazón.
Pasada la tensión inicial y luego de una breve charla con mis padres, Malachy, me envió a la patrulla ardillas, la más próxima a la entrada, con Washington Rodriguez, gran amigo y guía de patrulla, quién luego de presentarme a los muchachos procedió a instruirme en los conocimientos del escultismo.

No fueron muchos los campamentos que coincidí con Malachy sin embargo pude observar que era un líder nato, predicaba con el ejemplo, era firme cuando tenía que serlo y también era un Scout más en las situaciones de diversión y relajo.
Recuerdo mucho cuando salía de su carpa tocando el silbato llamando a los guías o cuando lo veía descansando en su carpa junto a los suministros para la tropa o cuando ni él se salvaba de la ceremonia de tortura que solíamos hacer como parte de la diversión en el campamento.

Tipo bastante hábil le gustaba arreglar cosas, también disfrutaba del tallado en madera, en el local tenía una radio de tubos del año de la pera y un adorno que representaba una fogata que con un ingenioso mecanismo de aire caliente hacía girar un cilindro forrado en papel rojo y naranja el cual daba el efecto de llamas flameantes.
Su frase favorita era “Buena Caza” que según dicen en la antigüedad decían los aldeanos a los cazadores en señal de buenos deseos para la jornada.

Si hubiera ingresado antes a la tropa hubiese conocido más de su historia pero lamentablemente no sucedió. A mediados del 79 Malachy tuvo que regresar a Irlanda para no volver jamás, ese día pedí permiso en el colegio para ir a despedirlo al aeropuerto pero lamentablemente llegue tarde. La tropa quedó a cargo de José y Pepé quienes hicieron una buena labor como jefes y a quienes si se da la oportunidad invito a comprometerse a completar esta historia.

Pasaron los años y creo que fue en el 2007 que recibí la noticia que, Malachy Lynam, vencido por la edad y rodeado de su familia, finalmente descansó en brazos del señor.

Duro golpe para la tropa, se nos fue una persona muy querida, pero la vida tiene que seguir. Solo nos lleva la delantera.

Quedan sus enseñanzas, además que sigue viviendo en en nuestros corazones. Donde esté tengo la certeza que sigue siendo un ejemplo de perseverancia y buenas acciones.

Descansa en paz Malachy y buena caza!

Lunes 8:00 de la noche, una hora ha pasado desde que inicio la reunión semanal de la tropa scout Rimac 75, nos encontramos en nuestro rincón de patrulla espando que decidan cual va a ser el juego de la semana.
Finalmente se deciden. Como casi todas las veces va a ser “los palitos“. Todos los muchachos toman ubicación y suena el silbato. Un participante de cada patrulla a la vez se acerca al centro del local donde descansan dos pedazos de madera de unos 15 cm cortados de un palo de escoba. El objetivo del juego: Llevar alguno de los palitos hasta tu rincón sin ser atrapado. Somos cinco patrullas pero solo dos pueden ganar por turno. Es un juego en que los más rápidos ganan. Punto tanto como para el que lleva el palito como para el que atrapa. uno a uno van pasando los scouts a jugar su turno contra sus competidores.
Finalmente luego de haber participado todos, la jefatura, inicia el conteo de puntos proclamando al equipo ganador quien celebra entre gritos el triunfo…

Durante nuestra vida como scout era común usar el canto como un medio para liberar las tensiones generando un animo positivo entre los integrantes de la tropa. En las reuniones, en los campamentos, en las caminatas y cualquier actividad relacionada siempre era acompañada con alguna alegre canción de nuestro repertorio.

Por ejemplo mientras viajabamos en el omnibus con rumbo a campamento quien no recuerda la canción “será será“ que decía asi: “cuando yo voy de campamento siempre pregunto como será…” o la canción de la fragua “has visto como el herrero en el yunque…” canciones que aun suenan en nuestra mente con agrado.

Claro que con lo palomillas que eramos, también las canciones, eran un buen medio de meter chacota por lo que en algunos casos las letras eran cambiadas para nuestra diversión. Un ejemplo en una navidad en lugar de cantar la canción Alegría, alegría como se debe “Sopa le dieron al niño no se la quizo comer, y como estaba tan dulce se la comió San José” le cambiabamos la letra por: “sopa le dieron a Jorge no se la quizo comer, y como estaba tan dulce se la comió Don Miguel…” en clara alusión a Jorge Juarez y su viejito “Don Miguel” que en ese tiempo era el presidente de los padres de familia de la tropa. En mi caso tampoco me salvé de la palomillada porque al “o palele america y titone” lo cambiaron por “o ravenna tu hermana la t37ona…”.

En un campamento al bosque en invierno del ’77 recuerdo con mucha gracia la vez que “araña” Ferroa le agregó a la letra de la tonada – la naturaleza no tiene pereza, sabe lo que tiene que hacer… ‘hace lloronas que lloran por su plástico…” -  en alusión al “gordo” Mejía quien se puso a llorar luego de que un scout travieso arrojara el plastico con que envolvía su sleeping a la fogata. También recuerdo cuando a la tonada “Si tu tienes muchas ganas de dormir” todos gritabamos al unísono ¡Uchuya! en clara alusión a nuestro amigo Luis “Dormilón” Uchuya.

Durante los regresos de campamanto era típico que cuando nos encontrabamos a la altura de la Av. Caquetá, a escasas cuadras para retornar al local, iniciaramos el himno de la tropa el cual cantabamos a todo pulmón. De esta forma demostrabamos a nuestras familias que nos esperaban que el campamento les había devuelto a un hijo alegre y jovial a pesar de haber estado dos semanas ausente del hogar.

Finalmente culmino con la canción de despedida que todo hermanos de la ’75 lleva en su recuerdo: “…. por que perder las esperanzas de volverse a ver…” que siempre en la última noche de los campamentos soliamos cantar frente a la fogata mientras haciamos un círculo de amistad mientras con las manos en aspa cogiamos las manos de los compañeros de al lado para al final sellar con un apretón de manos que iniciaba en el jefe de tropa y viajaba entre todos nosotros hasta terminar donde había iniciado…. dulces recuerdos que llevaremos en nuestros corazones por el resto de nuestras vidas…

La presente anécdota la vivió nuestro compañero y amigo, Miguel Mendiola, integrante de la patrulla Lobos quien ha tenido la gentileza de compartir su experiencia la que a continuación indico:

03 de Octubre de 1974, la tropa Scout Rímac 75 se encontraba acampando en Cieneguilla en un bosque de eucaliptos de propiedad del Sr. León Velarde quién gentilmente había prestado el terreno y que en ese tiempo ostentaba la alcaldía del distrito de San Martín de Porres, esta propiedad, además de ser muy amplia tenía caballerizas y establos los que se encontraban ubicados a unos 4 o 5 metros sobre el nivel del río.

Para bajar a la ribera, los hábiles miembros de la tropa habían construido unas gradas sobre un muro a un lado del río. Cerca de 50 scouts al mando del padre Malachy Lynan conformaban el campamento. Entre los asistentes se encontraban los tres hermanos Mendiola: Miguel, Javier y Thomas, también Lucho “Paloma” Orihuela, “Morocho”, “Los mellizos” Uribe entre otros. Cabe indicar que ese día era cumpleaños de Thomas y por ser el menor de los hermanos, su mamá le había advertido, a Miguel, acerca de la responsabilidad de cuidarlo considerando que él era el mayor.

Una de las mayores diversiones en aquellos campamentos era la de ir a cazar pequeñas ranas que despistadas nadaban despreocupadamente en el río. Usualmente las más grandes no se dejaban ver debido a que se encontraban escondidas bajo las rocas.

En este día debido a que la patrulla Lobos se encontraba de servicio, al mando de Paloma y Morocho, bajaron al río a lavar los trastes del desayuno. Sus integrantes, como todo niño travieso, se pusieron a buscar ranas. Luego de unos instantes de cacería sintieron un extraño ruido por lo que de pronto y sin previo aviso una gran cantidad de batracios de todos los tamaños, tamaños que nunca habían visto, comenzaron a saltar espantados. El ruido fue en aumento por lo que se dieron cuenta que se trataba de un movimiento sísmico. Paloma, quien estaba de guía, con voz de mando, dijo: – ¡No se muevan, aquí estamos seguros! Por lo que todos se pusieron en cuclillas y esperaron. Al levantar la mirada vieron grandes polvaredas que se levantaban en el bosque producto de las piedras y árboles que caían. Los eucaliptos al borde de la ribera, también, caían tocados por el terremoto, en la ribera vieron enormes bloques de tierra venirse abajo y sin embargo el tiempo no pasaba por lo que los segundos parecían horas.

Comenzaban a entrar en pánico por lo que se tomaron de las manos para sentir la fuerza del compañero, hicieron un círculo y esperaron… finalmente el ruido fue bajando de intensidad hasta que se extinguió, la tierra dejo de temblar y los llorosos rostros quedaron en medio de un silencio sepulcral…

Pasados unos segundos, Miguel logra ver su hermano Javier al lado pero al buscar a Thomas este no se encontraba con ellos, luego del susto inicial recordó que por ser su cumpleaños había querido quedarse en el bosque.

Preocupados los muchachos al querer ir a ver la suerte que había corrido la tropa se percataron que las gradas se habían venido abajo y no había manera de subir por lo que tuvieron que hacer una escalera humana.

Al acercarse al campamento vieron a los scouts corriendo de un lado a otro y escucharon llantos. A uno de los mellizos Uribe le estaban curando una quemadura debido a que una olla con agua hirviendo se había volteado durante el terremoto quemándole el brazo.

Sobreponiéndose a su miedo y para hacer la finta de que no estaban asustados, los lobos, decidieron llegar cantando una canción y a pesar que les temblaban las piernas aseguraban que no habían sentido nada.

Luego de una rápida búsqueda, Miguel y Javier encontraron a Thomas al lado del padre Lynan llorando por lo que lo abrazaron y le dieron cariño hasta que … por haberlos hecho preocuparse le dieron un buen apanado …

Eran las vacaciones escolares de medio año, estabamos en Agosto del año 1977,  los scouts gozabamos  de una semana de campamento en Cieneguilla. En ese tiempo esta área no estaba muy poblada por lo que teniamos bastante bosque donde acampar, en esa oportunidad habiamos acantonado cerca al rio y ,por la época, el caudal no era muy intenso al punto que nos podiamos bañar con la seguridad de no ser arrastrados por la corriente. Asimismo el agua era tan cristalina que podiamos ver claramente nadar a los peces y ranas y en algunos casos para combatir la sed la bebiamos sin temor a tener algún problema estomacal.

Como este campamento era financiado por nosotros mismos cada patrulla se encargaba de su propia comida. Se cocinaba con leña que juntabamos de los alrededores la que encendiamos con yesca y bosta de vaca. Era interesante la experiencia de cocinar frejoles en fogata sin que se te quemen.

En esta época Julio “Chicho” Salcedo había llevado una carabina de aire comprimido. Tal era la novedad que los scouts la pediamos prestada para hacer tiro al blanco la cual nos era otorgada en  forma restringida. Un día que Chicho había salido por los alrededores, dejando la carabina en la carpa, la cogimos sin permiso, no recuerdo si fuimos Elvis “Ladrón” Anampa, “Paloma” o el “muerto” Arellano. El hecho es que al momento de cargarla con los balines uno de nosotros lo colocó invertido por lo que este quedó atascado a mitad del trayecto de salida. Nos percatamos de esto luego de dos o tres disparos en que no atinabamos a ningún blanco. Luego de mirarnos en silencio atinamos a dejar el arma donde la habiamos encontrado y guardamos silencio.

A su retorno Chicho ni se percató del hecho. Al día siguiente vimos que José “Zorro” Zorrilla pedía prestada el arma. Colocó los balines… uno, dos , tres tiros y nada… sorprendido devuelve el arma a “Chicho” este abriendo el arma procede a ver a través del ánima comprobando que esta se encontraba tapada.

Recuerdo la cara de autogol del “Zorro” pensando que el había atascado el arma….. han pasado 34 años y la verdad es que esta vivencia estaba oculta en mi memoria…  finalmente despues de todos estos años José por fin va a poder dormir tranquilo liberado de la culpa de haber atascado la carabina de Chicho….

julio 2014
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